miércoles, 18 de enero de 2012

Novedades, enero de 2012: Impedimenta

El pequeño salvaje de T. C. Boyle

Traducción de Juan Sebastián Cárdenas

ISBN: 978-84-15130-66-6
Encuad: Rústica
Formato: 13 x 20 cm
Páginas: 128
PVP: 16,95 €

El pequeño salvaje es una prodigiosa nouvelle que narra, de modo desgarrador, la historia del célebre niño salvaje de Aveyron, quien a principios del siglo XIX atemorizó y luego fascinó a toda Francia por tratarse de uno de los raros ejemplares de niño asilvestrado y criado entre bestias.
A finales de septiembre de 1797, en los bosques del Languedoc francés, tres cazadores hallaron a un niño errante, completamente desnudo, hirsuto, que adoptaba los modales de un animal. Aparentaba unos ocho o nueve años. Una vez capturado, empezaría su peregrinación por la Francia recién salida de la revolución, recalando tanto en instituciones mentales como en refinados salones, donde constituiría poco menos que una atracción de feria.

Ficha del libro

El granjero tuvo el instinto de ahuyentarlo, pero se contuvo. Había oído hablar de un niño salvaje, un niño del bosque, un enfant sauvage, así que se acercó a rastras para observar mejor el fenómeno que tenía ante sus ojos. Vio que, en efecto, el muchacho era muy joven, a lo sumo de ocho o nueve años de edad, y que solo usaba sus manos y sus uñas rotas para cavar en la tierra húmeda, tal como lo haría un perro. A juzgar por su aspecto, el chico parecía normal, pues usaba con soltura sus piernas y sus manos, pero se le veía en extremo demacrado y sus movimientos eran veloces y autónomos. En determinado momento, cuando el granjero había logrado acercarse a veinte metros, el niño levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Al granjero le resultó difícil apreciar el rostro del niño debido a la maraña de pelo que le enmascaraba los rasgos. Por un instante nada se movió, ni el rebaño en la colina, ni las nubes en el cielo. Había algo sobrenatural en el silencio del campo, los pájaros ocultos en los setos contuvieron el aliento, la brisa se detuvo y hasta los propios insectos enmudecieron bajo tierra. Esa mirada —los ojos bien abiertos, sin parpadear ni una sola vez, negros como café recién colado, la rigidez de la boca alrededor de los caninos descoloridos— era la mirada de algo proveniente del Reino de los Espíritus, algo trastornado, extraño, aborrecible. Fue el granjero quien acabó marchándose.

Wadzek contra la turbina de vapor de Alfred Döblin

Traducción de Belén Santana

ISBN: 978-84-15130-32-1
Encuad: Rústica
Formato: 13 x 20 cm
Páginas: 416
PVP: 23,95 €


Wadzek contra la turbina de vapor (1918), para muchos la clara predecesora de la obra maestra de Alfred Döblin, Berlin Alexanderplatz, constituye una magistral y divertidísima sátira del capitalismo salvaje. Wadzek y Rommel, los protagonistas de la novela, son dos industriales cuya única razón para vivir es la de superarse entre ellos y, de paso, aniquilarse el uno al otro. Rommel, un personaje ambicioso, extremado, actúa de manera sibilina contra su más firme competidor, Wadzek, quien, de este modo, se convertirá en víctima del sistema o, al menos, así lo percibe él, lo que hace que se vea obligado a arrastrar a toda su familia en una huida desaforada de un Berlín desproporcionado, caótico y tremendo.


—Deje ya el jarrón —dijo Gabriele.
Molesto, él retiró el brazo:
—Estoy nervioso. Eso a nadie le incumbe. Un jarrón no puede ponerme nervioso. Un jarrón tiene que estar en su sitio.
Wadzek miró inseguro más allá de la mesa, entre las patas de la silla. Se dirigió al aparador sorteando dos cenefas de la alfombra. Había abandonado la isla.
—Señor Wadzek, ¿acaso ha venido a entretenerme con sus nervios?
—No me malinterprete por costumbre, querida señorita. Un jarrón no es irrelevante. Ocurre lo mismo con los vesti¬dos. Si toma este jarrón… Disculpe que me aferre a este obje-to. Una explicación detallada no puede más que tranquilizar, tranquilizarnos a todos, digo bien, a todos.
—Estaba hablando de mi jarrón.
—Lo mismo que con los vestidos. No se asientan, cuelgan. Se balancean. Unas veces se sube el hombro, otras se ve el corsé, otras la falda arrastra y queda demasiado corta por de¬lante. En los de Gerson1 todo estaba en su sitio.
—Pero señor Wadzek, no se referirá usted a mis vestidos.
—Por supuesto que no. ¿Por qué habría de hacerlo? Por su¬puesto que no, todo lo contrario. Es un comentario de índole general, cuya excepción usted etcétera, etcétera. Es más, en la fiesta benéfica del Hotel Bellevue yo mismo pude ver…
—¿A qué viene hablar ahora de la fiesta benéfica?
—Un comentario algo errático por mi parte. Bien mirado, dicho de pasada, en absoluto pensado de pasada. No me cul¬paré injustamente. El primo de Schneemann me lo contó con todo detalle; es cartelista, un decorador de primera. Me lo con¬tó con tanto detalle que puedo imaginármelo a la perfección: cómo usted, al pasar junto a la hornacina azul o verde azulado que representaba el fondo del mar, miró dentro y dijo: «¡Qué cantidad de humo!». El fondo del mar humeaba demasiado para usted. Cómo conversaba con Stawinski…

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