miércoles, 15 de mayo de 2013

Novedades, mayo de 2013: Tusquets Editores



El crimen del lago de Qiu Xiaolong

NARRATIVA (F). Novela
POLICIACOS (F). Otros
Mayo 2013
Andanzas CA 806
ISBN: 978-84-8383-473-2
País edición: España
312 pág.
18,26 € (IVA no incluido)

Por una vez, la llamada de un alto cargo que recibe el inspector jefe Chen Cao, del Departamento de Policía de Shanghai, es para darle una buena noticia: le ofrecen unas vacaciones en el complejo privado que el partido tiene en Wuxi, a orillas del lago Tai.
Pero a su llegada descubre que el lago, célebre por sus aguas cristalinas, está contaminado por residuos tóxicos procedentes de las fábricas de la zona. El director de una de esas fábricas, un empresario del que Pekín esperaba «grandes cosas», aparece asesinado, y al poco detienen a un activista medioambiental al que acusan del crimen. Chen conoce poco después a Shanshan, una bella joven, ansiosa por demostrar la inocencia del sospechoso. Y se ve obligado a actuar con cautela. Rodeado de corrupción, presiones políticas y rencores largo tiempo ocultos, Chen querrá desentrañar los motivos que se esconden tras el asesinato.


Un anciano salió de la cocina, situada en la parte trasera del local. Andaba arrastrando los pies y llevaba una sobada carta en la mano. Probablemente sería el propietario, el cocinero y el camarero del restaurante.
—¿Le apetece algo en particular, señor?
—Sólo un par de platos pequeños. Cualquier especialidad de la zona, quiero decir —respondió Chen, que no tenía demasiado apetito—. Y una cerveza.
—Las especialidades de la zona son los tres blancos —explicó el anciano—. Puede que el pescado blanco de agua dulce sea demasiado grande para una persona. Y no le recomiendo las gambas blancas, hoy no están demasiado frescas.
Del viaje a Wuxi que hiciera en su infancia, Chen recordó que su padre se deshacía en elogios sobre los «tres blancos»: las gambas blancas y el pescado blanco de agua dulce eran dos de ellos, pero no conseguía recordar el tercero. Otra de las especialidades locales favoritas de su padre eran los bollos de sopa de Wuxi, endulzados con mucho jengibre molido. Al final de aquel viaje, tanto tiempo atrás, su madre se llevó a casa un cesto de bambú lleno de bollos de sopa. Chen aún recordaba ese detalle, pero no conseguía acordarse del tercer «blanco». Quizá fuera realmente un «gourmet incorregible», tal y como decían sus amigos, pensó con un dejo de ironía.
—Entonces lo que usted recomiende.
—¿Qué le parece unas costillas de Wuxi con rodajas de raíz de loto rellenas de arroz glutinoso?
—Estupendo.
—¿Y una cerveza de la región, la Cerveza del Lago Tai?
—Muy bien —respondió Chen. El lago era conocido por sus aguas cristalinas, lo cual podía implicar una cerveza de calidad superior.
El viejo no tardó más de un minuto en volver a la mesa con una botella de cerveza y una minúscula ración de cacahuetes salados.
—La casa invita al aperitivo. Disfrútelo. ¿Así que está usted haciendo turismo por aquí?
Chen asintió mostrándole el mapa que llevaba en la mano.
—¿Se aloja en Kailun?
Puede que Kailun fuera un hotel cercano, pero Chen no lo conocía.
—No, en el Centro Recreativo para Cuadros de Wuxi. No está muy lejos de aquí.
—¡Caramba! —exclamó el anciano, y se dio la vuelta para dirigirse a la cocina—. Es muy joven para alojarse allí.
El dueño del restaurante parecía sorprendido, cosa muy comprensible: en el centro sólo podían alojarse cuadros superiores, en su mayoría ancianos, mientras que Chen aparentaba unos treinta y pico años.

El libro de la risa y el olvido de Milan Kundera

NARRATIVA (F). Novela
Mayo 2013
Andanzas CA 807
ISBN: 978-84-8383-474-9
País edición: España
304 pág.
17,30 € (IVA no incluido)

Mientras Tamina, una joven viuda en el exilio, quiere recuperar sus diarios íntimos para reconstruir con ellos sus cada vez más vagos recuerdos de su vida matrimonial, Mirek, en Bohemia, trata en cambio de recobrar unas antiguas cartas de amor para borrar parte de su pasado. Y es que El libro de la risa y el olvido es una novela en forma de variaciones en torno al olvido, el erotismo y el humor. Como dice el propio Milan Kundera, «es una novela sobre Tamina y, en el momento en el que Tamina desaparece de la escena, es una novela para Tami­na. Ella es el personaje principal y el principal espectador y todas las demás historias son variaciones de su historia y se reúnen en su vida como en un espejo… Una novela sobre el olvido y Praga, sobre Praga y los ángeles».


El asesinato de Allende eclipsó rápidamente el recuer­do de la invasión de Bohemia por los rusos, la sangrienta masacre de Bangladesh hizo olvidar a Allende, el estruen­do de la guerra del Sinaí ocultó el llanto de Bangladesh, las masacres de Camboya hicieron olvidar el Sinaí, etcé­tera, etcétera, etcétera, hasta el más completo olvido de todo por todos.
En las épocas en las que la historia avanzaba aún len­tamente, los escasos acontecimientos eran fáciles de recordar y formaban un escenario bien conocido, delante del cual se desarrollaba el palpitante teatro de las aventuras privadas de cada cual. Hoy el tiempo va a paso ligero. Un acontecimiento histórico, que cayó en el olvido al cabo de la noche, resplandece a la mañana siguiente con el rocío de la novedad, de modo que no constituye en la versión del narrador un escenario, sino una sorprendente aventura que se desarrolla en el segundo plano de la bien conocida banalidad de la vida privada de la gente.
La historia se evapora de la memoria y tengo que rela­tar hechos que sucedieron hace unos pocos años como si hubieran transcurrido hace más de mil: en el año 1939, el ejército alemán entró en Bohemia y el Estado de los checos dejó de existir. En el año 1945 entró en Bohemia el ejérci­to ruso y el país volvió a llamarse república independiente. La gente estaba entusiasmada con Rusia, que había expul­sado del país a los alemanes, y como veía en el Partido Comunista checo el fiel aliado de Rusia, le transfirió sus simpatías. Así fue como los comunistas no se apoderaron
del gobierno en febrero de 1948 por la sangre y la violencia, sino en medio del júbilo de aproximadamente la mitad de la nación. Y ahora presten atención: aquella mitad que se regocijaba era la más activa, la más lista y la mejor.
Ustedes digan lo que quieran, pero los comunistas eran más listos. Tenían un programa grandioso. Un plan para construir un mundo completamente nuevo en el que todos encontrarían su lugar. Los que estaban contra ellos no tenían ningún sueño grandioso, sino tan solo un par de principios morales, gastados y aburridos, con los que pretendían coser unos remiendos para los pantalones rotos de la situación existente. Por eso no es extraño que los en­tusiastas y los valientes triunfaran fácilmente sobre los conciliadores y los cautelosos y comenzaran rápidamente a hacer realidad su sueño, aquel idilio justiciero para todos.
Lo subrayo una vez más: idilio y para todos, porque todas las personas desde siempre anhelan lo idílico, anhelan aquel jardín en el que cantan los ruiseñores, el territorio de la armonía en el que el mundo no se yergue como algo extraño contra el hombre ni el hombre contra los demás, en el que por el contrario el mundo y todas las personas están hechos de una misma materia. Todos son allí notas de una maravillosa fuga de Bach, y los que no quieren serlo no son más que puntos negros, inútiles y carentes de sentido, a los que basta con coger y aplastar entre las uñas como a una pulga.
Desde el comienzo hubo gente que se dio cuenta de que no servía para el idilio y que quiso irse del país. Pero como la esencia del idilio consiste en ser un mundo para todos, los que quisieron emigrar se mostraron como im­pugnadores del idilio y en lugar de irse al extranjero acabaron entre rejas. Pronto los siguieron otros miles y dece­nas de miles y finalmente muchos comunistas, como por ejemplo el ministro de Asuntos Exteriores, Clementis, que le había prestado una vez su gorro a Gottwald. En las pantallas de los cines los tímidos amantes se cogían de la mano, la infidelidad matrimonial se castigaba severamen­te en los tribunales de honor compuestos por simples ciu­dadanos, los ruiseñores cantaban y el cuerpo de Clemen­tis se balanceaba como una campana que llama al nuevo amanecer de la humanidad.
Y entonces fue cuando aquella gente joven, lista y radical tuvo de repente la extraña impresión de que sus propios actos se habían ido a recorrer el vasto mundo y habían comenzado a vivir su propia vida, habían dejado de parecerse a la imagen que de ellos tenía aquella gente, sin ocuparse de quienes les habían dado el ser. Aquella gente joven y lista comenzó entonces a gritarle a sus actos, a llamarlos, a reprocharles, a intentar darles caza y a per­seguirlos. Si escribiese una novela sobre la generación de aquella gente capaz y radical, le pondría como título La persecución del acto perdido.

Shakespeare y la ballena blanca de Jon Bilbao

NARRATIVA (F). Novela
Mayo 2013
Andanzas CA 808
ISBN: 978-84-8383-475-6
País edición: España
232 pág.
16,34 € (IVA no incluido)

En 1601 la reina Isabel de Inglaterra envía una misión naval a Dinamarca para rendir honores al rey Federico II. Entre la tripulación, viejos soldados de la Armada Invencible, marineros curtidos en rutas peligrosas, y la compañía de teatro de William Shakespeare, embarcada para representar Romeo y Julieta y El sueño de una noche de verano ante la corte danesa. Cuando, durante la travesía, avisten una gigantesca ballena que arrastra varios cadáveres, Shakespeare, que viaja acompañado de su amigo y confidente Henry, conde de Southampton, quedará tan impresionado que no dejará de pensar cómo incluir ese episodio en una futura obra. El dramaturgo sospecha que quizá el género teatral no pueda dar cabida a cuanto bulle en su imaginación: los destinos de quienes contemplan esa aparición terrorífica, combates marítimos, naufragios, monstruos. ¿Imaginó Shakespeare Moby Dick doscientos cincuenta años antes que Melville?


En el castillo de popa, el capitán escrutaba el cielo con gesto de preocupación mientras el contramaestre ordenaba descender a los marineros subidos a la arboladura. Henry Wriothesley dijo que aquello no le parecía una tormenta y Shakespeare le dio la razón.
Las nubes llegaron al alcázar, donde ya sólo permanecían el capitán y el aterrorizado timonel. Quedaron reducidos a meras sombras; aunque, para consuelo de los demás, siguieron moviéndose.
Un soldado corrió hacia Wriothesley. Quería saber si debían disponerse para la lucha. Henry le dedicó una mirada cansada y se limitó a despedirlo con un gesto de la mano.
El piloto gritó hacia el castillo de popa llamando al capitán, y oyeron a éste contestar que se encontraba perfectamente. Instantes después aquel extraño mar celeste alcanzaba la cubierta del Nimrod y a continuación entraba en contacto con el oscuro mar del Norte.
Shakespeare, Henry Wriothesley y todos los que no habían huido en busca de refugio se vieron sumidos en una niebla densa, cálida y salobre que humedeció sus ropas. Su visión quedó limitada a unos pasos de distancia. Más allá sólo alcanzaban a distinguir las siluetas de sus compañeros. El color azul verdoso de la niebla prestaba a la piel un tono cadavérico que invitó a los más fantasiosos a pensar en horribles premoniciones, cuando no a interrogarse si no habían muerto ya y penetrado en alguna antesala del infierno.
Shakespeare, sin separarse de su amigo, miraba fascinado a su alrededor. Los pasajeros se movían por cubierta como sonámbulos, con los brazos extendidos ante sí, llamándose unos a otros. Los miembros de la tripulación se desplazaban apenas con mayor aplomo. Nadie dio la orden ni sugirió la idea pero todos acabaron agrupándose junto al palo mayor. De repente la borda del galeón, más allá de la cual nada se veía, les producía pavor.
Transcurridos unos minutos comenzó a aumentar el alcance de su visión. El manto de nubes ascendía. Lo vieron deshacer su camino, subiendo por los palos del Nimrod. Aun así, las nubes no se disiparon. Continuaron igual de compactas, fijadas a una altura indeterminada por encima de la nave. Su color no era tan vivo como antes; al igual que el agua sobre la que flotaba el galeón ya no eran tan gris, lo que llevó a algunos a preguntarse en qué mar se encontraban. Una vela lejana que durante las últimas horas había acompañado al Nimrod había desaparecido del horizonte. No había nave alguna a la vista.
El capitán ordenó una revisión del barco, además de un recuento del pasaje y la tripulación. Todo se hallaba en orden. Todos estaban perfectamente, salvo un marinero que se había torcido un tobillo cuando corría a refugiarse en un pañol.

Un hotel en la Costa Brava. (Tossa de Mar, 1934-1939) de Nancy Johnstone

BIOGRAFÍAS, AUTOBIOGRAFÍAS Y MEMORIAS (NF). Memorias
Mayo 2013
Andanzas CA 809
ISBN: 978-84-8383-476-3
País edición: España
416 pág.
19,23 € (IVA no incluido)

En 1934, la joven e inquieta Nancy Johnstone y su marido, periodista del News Chronicle, decidieron abandonar Londres para construir un hotel en la pequeña localidad catalana de Tossa de Mar, en la Costa Brava. Eran tiempos de descubrimiento de un paisaje y de un país, pero pronto el interés turístico de los huéspedes ingleses dio paso a la visita de corresponsales de guerra, poetas y pintores simpatizantes de la causa republicana. El estallido de la guerra civil española destruyó para siempre aquel paraíso, pero los Johnstone reaccionaron con entereza a las nuevas y dramáticas circunstancias. Esta obra es una encantadora crónica cotidiana del empeño de una mujer por realizar un sueño, un dietario de urgencia de los últimos años de la República y la guerra civil, y un relato emocionante de las peripecias vividas desde la transformación del hotel en una colonia humanitaria para niños refugiados hasta el cruce de la frontera francesa y la llegada al campo de concentración de Les Haras, en Perpiñán.


Alquilamos un coche e iniciamos nuestro tour por la costa. Recorrimos kilómetros y kilómetros de una carretera que ponía los pelos de punta, con precipicios de cientos de metros que caían a pico sobre el mar a un lado y, al otro, profundas cunetas al pie de riscos que gravitaban sobre nosotros. De las grietas de las rocas surgían pinos y alcornoques y por todas partes se veían matas de brezo y madroño que invadían el terreno arenoso. La carretera bajaba serpenteando hasta calitas de arena amarilla y luego subía de nuevo describiendo más curvas. Cada vez que llegábamos a una de aquellas calas, yo me decía que era el lugar que buscaba, sabiendo que pequeñas cosas como la accesibilidad, el agua, la luz eléctrica, etcétera, eran de vital importancia para que un hotel funcionara bien. Por fin llegamos a Palamós, donde Marcus conocía a una persona que quería vender un terreno.
Esta persona era, como ahora sé, un catalán perfectamente normal, pero entonces me pareció un híbrido de bandido y chiquillo. El hombre nos condujo por una serie de caminos hasta que llegamos al pie de una montaña que dominaba el mar. Emprendió la subida triscando como una cabra montés y nosotros lo seguimos como pudimos. Yo no llevaba más que un jersey de algodón y Marcus iba en mangas de camisa, pero cuando llegamos arriba estábamos acalorados. El propietario parecía embelesado ante la vista, que era soberbia, desde luego. A un lado se veía el profundo azul del Mediterráneo, y al otro, más allá de la extensa llanura, se atisbaban los Pirineos. Y justo sobre nuestras cabezas había un nubarrón.
Miré a Marcus y vi que sacudía la cabeza con aire poco convencido. Yo misma podía ver que aquél no era lugar para construir nada. En aquel momento se produjo un relámpago, sonó un trueno y empezó a diluviar. Fue tan repentino que al momento estábamos empapados. Los relámpagos, zigzagueantes y preciosos, parecían jugar sobre nuestras cabezas. Vi que Marcus decía algo, pero con los truenos apenas le oía. «Un lugar imposible. Sin luz, sin agua», decía el arquitecto, con la nariz chorreando agua y la cara iluminada por los relámpagos. Yo estaba encantada y quise decirle algo al dueño del terreno, pero el hombre había desaparecido. Bajamos la montaña a todo correr. En unos minutos el sol asomó de nuevo y poco después estábamos secos. No volvimos a ver al propietario. ¡Ahora que escribo se me ocurre que a lo mejor lo fulminó un rayo!
En el camino de vuelta, cuando de pronto vi aparecer Tossa, con el casco viejo fortificado y las casas blancas y grises amontonadas en torno a la iglesia, bajo aquella luz intensa y nítida, me pregunté qué hacía yo dando vueltas por la Costa Brava en busca de un lugar donde construir mi hotel. «¿Habrá algún solar en venta en Tossa?», le pregunté a Marcus. Marcus me contestó que era posible. Es de esas personas que nunca aseguran nada que no puedan hacer constar por escrito. Le pedí que hiciera averiguaciones y me informara. Eso, me dijo, llevaría su tiempo, pues uno nunca debe decir que quiere comprar un terreno. Yo nunca he entendido por qué, pero para eso se les paga a los arquitectos, al parecer: para que sepan estas cosas.
Aquella noche escribí una larga carta a Archie diciéndole, entre otras cosas, que viniera enseguida, porque era muy posible que encontráramos un terreno en Tossa, y que pidiera una semana extra de vacaciones. Parece ser que a los periodistas les cuesta mucho pedir una semana más de vacaciones, pero Archie, viéndose en la disyuntiva de hacer algo nunca visto en los anales del periodismo inglés o no atreverse a mirarme a la cara nunca más, optó por el mal menor, se enfrentó al director... ¡y consiguió la semana libre! Cuando llegó a Tossa, yo ya tenía dos terrenos que enseñarle y mucha información sobre la posibilidad de montar un hotel allí. En cambio, el precio de las cosas seguía siendo algo muy confuso. De hecho, nunca supimos exactamente lo que costó todo hasta mucho después de construido el hotel, cuando ya estaba funcionando y contamos el dinero que nos quedaba. Y fue una operación aritmética muy sencilla.

Piedra rota de José Ramón Ripoll

POESÍA (NF). Poemarios
Mayo 2013
Marginales M 282
ISBN: 978-84-8383-478-7
País edición: España
168 pág.
13,46 € (IVA no incluido)

La poesía de José Ramón Ripoll es reconocible tanto por un estilo marcado por la musicalidad como por la insistente búsqueda de una realidad subyacente más allá de las apariencias, que sólo puede ser desvelada a través de sus nombres y sus múltiples significados. De ahí la conseguida ambigüedad de su escritura. Sin embargo, los poemas de este deslumbrante libro parecen seguir un sutil hilo argumental que lo dota de un inesperado discurso unitario: un caminante pasea por la orilla del mar y estrecha en su mano una piedra elegida al azar entre muchas otras. En su sustancia mineral vislumbra el paseante su existir, desgajado de su universo como la piedra de la roca, solitario y abandonado como el guijarro en la playa baldía. En el centro de la forma pétrea se oculta el verdadero rostro de quien la observa y trata de retenerla. Y de ese encuentro brota una voz que reflexiona sobre la palabra y el silencio, el amor y el tiempo, el canto y el vacío.
Como ocurre en toda la poesía del autor, la música es esencial en este poemario, que puede leerse o escucharse al modo de una derivación sonora y conceptual a partir de un leitmotiv. En ese sentido, los títulos son más una señal indicativa que una inscripción definitiva de los diferentes fragmentos, que actúan como soporte de un único instante: el de un tiempo ya sin tiempo. Dividida en tres partes —«Encuentro», «Reconocimiento» y «Abandono»—, Piedra rota habla del ser humano en busca de sí mismo, de la sensación de florecimiento cuando este cree haberse reconocido en su interior o en el otro, y de la complicidad final con el vacío y el despojamiento.


(La mirada)

EN tu materia ocurre el día,
el movimiento de los astros
y la luz ya extinguida de las estrellas,
la sonrisa del héroe
y el miedo de los dioses.
Todo en tu centro se equipara a la muerte,
al sueño gélido y profundo
de quien te mira y te retiene.

Diario de guerra (1914-1918) de Ernst Jünger

BIOGRAFÍAS, AUTOBIOGRAFÍAS Y MEMORIAS (NF). Diarios
Mayo 2013
Tiempo de Memoria TM 97
ISBN: 978-84-8383-479-4
País edición: España
672 pág.
24,03 € (IVA no incluido)

Movido por su sed de peligros y aventuras, el jovencísimo Ernst Jünger —tenía entonces diecinueve años— se alistó voluntariamente en el 73.º Regimiento de Fusileros, cruzó la frontera de Luxemburgo a finales de 1914 y, poco después, entró en combate. Desde entonces, y casi a diario, relató en quince cuadernos su participación en una contienda que diezmó a una generación entera. Pronto encuentra el infierno: poblaciones arrasadas, heridos abandonados a su suerte, compañeros desventrados; una verdadera máquina de devastación. También describe la dureza de la vida en las trincheras, el peligro de las incursiones nocturnas para capturar prisioneros o las ocasiones en que escapa de la muerte, agazapado en el cráter de un obús.
Acompañados por los numerosos dibujos realizados por el propio autor, y por mapas y esquemas de las zonas de combate mencionadas, estos diarios describen la atroz realidad con crudeza y autenticidad, a veces con la fría curiosidad de un entomólogo, al tiempo que nos descubren a un Jünger muchas veces harto de la guerra y de la incompetencia de sus superiores, pero también orgulloso de las heridas que recibió y de las condecoraciones obtenidas, como la prestigiosa Pour le Mérite.
Anotado y comentado por Helmuth Kiesel, profesor de literatura alemana y experto en la obra de Jünger, Diario de Guerra (1914-1918) permaneció inédito hasta 2010, y su publicación en Alemania constituyó un auténtico acontecimiento editorial.


18-III-15
Hoy me toca hacer una pequeña retrospectiva. Al cabo de apenas 7 semanas y por raro que esto suene, en el servicio de guarnición y en la retaguardia echo mucho de menos [al, tachado] la trinchera, pero en especial, un poco de peligro. Nuestros hombres ya han llevado a cabo el célebre asalto, en | mi compañía ha habido casi una tercera parte de bajas. Aquí llevamos una vida extraña. Hoy p. ej. ha llegado el capitán completamente borracho a la guardia y ha gritado pidiendo ayuda. Cuando el centinela salió y no sabía qué hacer, él lo condenó a tres días de calabozo. Luego se le ocurrió ordenar alarma de incendio. Todos corrieron al lugar de la alarma y él | les echó una reprimenda, con hijoputa y otros títulos honoríficos. El cabo de guardia y un suboficial sanitario fueron condenados a 3 días de calabozo y tuvieron que ser arrestados al momento. Continuamente había que echar agua en la pared con una bomba de riego y culpó a un aguador de haberse meado allí. | Los oficiales, que acababan de estar empinando el codo con él, simplemente no llegaron, lo que acarreó un follón imponente. Luego el capitán soltó una arenga terrible sobre la maldad de la población y nos comunicó que quería condenar a la población a 300 marcos.
Aparte de eso hay a menudo gran borrachera general, en la que cada unidad | se liquida ella sola un barril. Entonces todo el mundo está como una cuba. Hace poco, algunos caballeros que se lo estaban pasando bien, yo entre ellos, bebían de un barril o de sus restos. Apareció entonces el capitán con algunos oficiales y se fue originando allí una serie colosal de obscenidades como sin duda no ha visto jamás una taberna barriobajera de Hamburgo. | Al final todos, cogidos del brazo [tachada una palabra, ilegible], iban tambaleándose por el pueblecito. En el pueblo hay también una belleza, una mujer cuyo marido está en la guerra, Mdme Octavi, y la única de la población femenina que merece ese nombre. Delante de su puerta y en la casa se reunía [esto, tachado] media guarnición, hasta que el capitán se presentó como comandante de la plaza y mandó al diablo | a todos los subordinados. [Letras tachadas] Yo creo encontrar también en ello una causa de que hoy vociferase él así contra la desfachatez de los habitantes, en especial de los [media línea tachada, ilegible] del sexo femenino.

Un viaje a la Antártida. Un científico en el continente olvidado de Sergio Rossi

CIENCIA (NF). Biología
Mayo 2013
Metatemas MT 125
ISBN: 978-84-8383-480-0
País edición: España
272 pág.
18,26 € (IVA no incluido)

El continente antártico constituye un verdadero y vasto laboratorio natural que permite estudiar la historia de nuestro planeta y entrever los graves riesgos medioambientales a los que el hombre se enfrenta en la actualidad. La Antártida, una gran extensión de mar, roca y hielo en continuo movimiento, donde la temperatura media no suele superar los cero grados centígrados y que se mantuvo virgen hasta comienzos del siglo pasado, ejerce un decisivo papel como regulador del clima global del planeta y alberga prodigiosas y poco conocidas formas de vida.
Este libro, fruto de las apasionantes experiencias del biólogo sergio rossi en las campañas de investigación a bordo del buque alemán Polarstern, aborda cuestiones fundamentales relacionadas con el continente blanco, como la supervivencia en un clima extremo, la formación del agujero en la capa de ozono, el deterioro ecológico que generan las bases permanentes allí instaladas o la posibilidad (y los peligros) de explotar las inmensas riquezas que se esconden en la Antártida. Y reconstruye algunos de los episodios que marcaron la exploración de estas tierras, como la dramática carrera entre Amundsen y Scott por la conquista del polo sur, o la odisea del capitán Shackleton para salvar a su tripulación de una muerte segura.


Sin embargo, después de tres campañas (en el año 2000, en el 2003-2004 y en el 2011), sentí la necesidad de explicar muchas cosas a la gente que no ha estado ni estará allí. Empecé a tomar notas, a grabar algunas conversaciones, a pensar no sólo en lo que yo hacía, sino en el trabajo de otros grupos de investigación que también andaban a bordo del barco. Hablaba mucho con la gente, hacía preguntas, intentaba comprender. En la segunda campaña (2003-2004), me atreví a escribir el guión de una novela (El cementerio de icebergs) que unos años después publicaría junto con mi amigo Toni Polo. Al volver de la campaña, me di cuenta de que quería explicar más cosas sobre los polos. La novela se quedaba muy corta, había muchos aspectos interesantes para tratar... Estamos hablando de un continente entero, de una gran extensión de mar, roca y hielo, mucho más heterogéneo de lo que parece. Por eso, hacia el año 2006 empecé a hacer el esquema de este libro. Por aquel entonces no había campañas a la vista, pero yo había madurado y sabía lo que quería explicar.
No soy un experto en la Antártida (haber hecho tres campañas no te da ese grado, hay gente que se ha dedicado durante más de treinta años a estudiar temas polares de forma exclusiva), pero necesitaba replicar, sobre todo, a los escépticos que ven el continente blanco como un lugar remoto al que se desplazan cuatro privilegiados a explorar los confines más lejanos del planeta. «La ciencia es patrimonio de todo el mundo», me dijo en una ocasión Gili, «tú te debes a quien te paga.» Siempre he considerado importante este factor, sin embargo, no todos los científicos lo tienen muy claro. Pienso que la carrera científica es una más de las opciones que te ofrece la sociedad y que debe integrarse en ella al máximo. No somos Dirac, ni Marie Curie, la trayectoria de Darwin no podrá volver a emularse, porque el científico solitario, ensimismado, genial pero aislado de la sociedad ya no puede existir. Por eso estamos obligados a explicar qué hacemos, porque se valorará poco tu trabajo si no lo transmites, si no lo exteriorizas y lo pones a un nivel de comprensión suficiente para una gerente de supermercado, un taxista inquieto o un abogado entusiasta de la naturaleza.

Proust y Tres diálogos con Georges Duthuit de Samuel Beckett

FILOSOFÍA (NF). Ensayo filosófico (ética, metafísica, teoría del conocimiento, etc.)
Mayo 2013
Marginales M 283
ISBN: 978-84-8383-477-0
País edición: España
136 pág.
12,01 € (IVA no incluido)

El interés de Samuel Beckett por la narrativa de Marcel Proust cuajó en esta obra iluminadora y temprana, escrita en 1931, que no sólo brinda una lúcida mirada a la obra proustiana, sino que también arroja luz sobre las piezas teatrales y las novelas del autor irlandés. El Tiempo, sostenido por la memoria y la costumbre, es el eje que vertebra el brillante análisis que Beckett acomete de En busca del tiempo perdido. También la memoria desempeña un importante papel: pero no la memoria buscada, «voluntaria», sino la «involuntaria». Y la interrupción de la costumbre es lo que desencadena revelaciones como las suscitadas por la magdalena sumergida en el té.
El texto brinda páginas memorables sobre la soledad, la percepción del pasado y del presente, la amistad, la mentira y el miedo, o sobre la vida como sucesión de paraísos denegados, ideas que Beckett desarrollará en sus obras posteriores. El volumen se cierra con tres célebres diálogos entre el crítico de arte Georges Duthuit y Beckett a propósito de tres pintores, en los que el autor irlandés ofrece jugosas y —sólo aparentemente— desconcertantes opiniones sobre el arte.


Pero la inventiva del Tiempo en la ciencia de la aflicción no se limita a la acción que ejerce sobre el sujeto, esa acción que, como ya se ha visto, tiene por resultado una modificación incesante de su personalidad, cuya realidad permanente, si la hubiere, tan sólo puede aprehenderse como hipótesis retrospectiva. El individuo es el escenario de un proceso constante de trasvase, trasvase del recipiente que contiene el flujo del tiempo futuro, manso, pálido y monocromo, al recipiente que alberga el flujo del tiempo pasado, agitado y pintado de múltiples colores por los fenómenos de sus horas. En términos generales, el primero es inocuo, amorfo, sin carácter, sin ninguna de las virtudes propias de un Borgia. Considerado de antemano y por encima, en medio de la bruma de nuestra ufana voluntad de vivir, de nuestro pernicioso e incurable optimismo, parece estar exento de la amargura de la fatalidad: guardado para nosotros, no guardado en nosotros. A veces, sin embargo, es capaz de complementar los esfuerzos de su compañero. Basta con que en su superficie irrumpa una fecha, cualquier especificación temporal que nos permita medir los días que nos separan de una amenaza (o de una promesa). Swann, por ejemplo, observa compungido y con resignación los meses que tiene que pasar lejos de Odette en verano. Un día, Odette afirma: «Forcheville [su amante y, tras la muerte de Swann, su marido] hará un viaje muy bonito por Pascua. Se va a Egipto». Swann traduce: «En Pascua me iré a Egipto con Forcheville».4 El flujo del tiempo futuro se congela, y el pobre Swann, frente a frente con la realidad futura de Odette y Forcheville en Egipto, sufre por ello más profundamente incluso que por su miserable condición actual. El deseo del narrador de ver a la Berma actuando en Fedra se ve más exacerbado por el anuncio de que «las puertas se cerrarán a las dos en punto», que por el misterio de las palabras de Bergotte: «“palidez jansenista” y “mito solar”».5 La indiferencia de la que él hace gala cuando se separa de Albertine al final de la jornada en Balbec se transforma en la más terrible de las preocupaciones por obra de un comentario intrascendente que ella dirige a su tía o a una amiga: «Hasta mañana a las ocho y media, entonces». Queda así socavado el acuerdo tácito según el cual el futuro puede controlarse. El acontecimiento futuro no puede ser examinado, ni discernidas sus consecuencias, mientras no disponga de un emplazamiento definitivo y de una fecha asignada. Mientras Albertine fue su prisionera, nunca le inquietó demasiado la posibilidad de su fuga, porque era algo indistinto y abstracto, como la posibilidad de la muerte. Cualquiera que sea la opinión que nos plazca mantener con respecto a la muerte, podemos estar seguros de que carece por completo de sentido y de valor. La muerte no nos ha pedido que le reservemos un día libre. El arte de la publicidad se ha visto revolucionado por una reflexión parecida. Por eso se me incita no solamente a probar el laxante Shepherd, sino a hacerlo a las siete en punto.


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