miércoles, 10 de julio de 2013

Novedades, julio de 2013: Destino



Un refugio para Clara de Marta Estrada

448 páginas
ISBN: 978-84-233-4711-7
Lomo 1272
Presentación: Rústica con solapas
Colección: Áncora & Delfin

Una tarde de lluvia, Clara pierde el control del coche que conducía provocando un accidente que dejará a Belén, su hija de siete años, parapléjica. Las horas en vilo en el hospital, los días en coma, los meses de rehabilitación intentando que la vida de la pequeña consiga algo de normalidad, le revelan a Clara que puede sacar fuerza de no sabe dónde para afrontar la tragedia, pero a la vez, la van sumiendo en un estado de agotamiento y culpa que su exmarido, absolutamente insensible a su dolor, aviva y alimenta.

Unos días de excursión del colegio de Belén le permiten finalmente tomarse un respiro y Clara emprende un viaje a un lugar del Pirineo donde encontrar un poco de paz. Pero una tormenta de nieve la hace tomar el rumbo equivocado y la obligará a refugiarse en la cabaña de un hombre arisco y taciturno, Éric, quien a pesar de ofrecerle su ayuda resulta molesto con su presencia. Ese tiempo en la cabaña, aislados del mundo, serán días de confesiones mutuas, de pequeñas y grandes complicidades entre dos seres heridos pero con una férrea voluntad de vivir.
Y también serán días de grandes descubrimientos, de los cuerpos y de los corazones, y de la revelación de que no existe nada más erótico que el amor.


Volvió al exterior y procuró serenarse mientras revisaba las posibles soluciones. Estudió con detenimiento cuanto la rodeaba en busca de algo que la sacara de aquel embrollo. Por detrás del apeadero, una carretera serpenteaba entre abetos hasta perderse montaña arriba y, en consecuencia, aunque desde allí no podía verlo, supuestamente después, montaña abajo. Al otro lado de las vías, distinguió a lo lejos y muy al fondo un pueblecito de casas de piedra. Si ése era el que andaba buscando ya podía echarse a temblar, porque por Dios que no estaba cerca. Por encima de su cabeza, majestuosa y blanca, aparentemente próxima, se alzaba la cumbre del pico más elevado de la cordillera, o al menos eso creía ella en su total ignorancia del entorno. Y nieve, nieve y hielo por todas partes, tanta nieve y tanto hielo que, de haberlo imaginado, jamás habría aceptado ese destino. De nuevo la ahogaron las ganas de llorar. Sentía un frío irracional nacido de la desesperación. Se encontraba mal, peor según pasaban los minutos, incluso algo mareada, y mortificada por unos calambres intermitentes en el abdomen. Tragó saliva con dificultad. No sabía qué hacer. Se veía incapaz de echar a andar carretera arriba o abajo sin tener la más mínima idea de dónde se hallaba. Sacó el móvil y, aun comprobando que no había cobertura, redactó un angustioso mensaje dirigido a su hermano. Se mordió el labio inferior, gesto que desde pequeña, a juicio de quienes la conocían, denotaba siempre en ella un frágil estado anímico. En cuanto sus padres la sorprendían callada y mordisqueándose el labio, percibían que algo sucedía o que algo estaba a punto de ocurrir.
Carlos se moriría de risa si pudiera verla en semejante apuro. Vaya si disfrutaría. Según él, su exmujer era una nulidad a la hora de planificar y organizar cualquier asunto que no estuviera directamente relacionado con las tareas domésticas. No creía en absoluto que fuera eficiente en lo que él tildaba de ridículo trabajo, por mucho que los hechos le demostrasen día a día lo contrario, y estaba convencido de que no podría cuidar correctamente a la niña, aunque él mismo eludiera ambas obligaciones, desentendiéndose de todo lo que no tuviera relación con hipócritas exhibiciones públicas de familia feliz. Carlos no perdía ocasión de vilipendiarla, la asfixiaba con el tremendo peso de la culpa, esgrimiendo ante ella el horror del futuro que aguardaba a la niña. Recalcaba hasta machacarla que acabaría demostrándose su incapacidad para ocuparse de ella. Sin embargo, durante los siete meses que Belén había pasado en el hospital, Carlos se había comportado como un miserable, evitando ver a su hija mientras la pequeña estuvo en coma, escudándose en el dolor que le producía contemplarla en aquel estado. ¿Acaso ella, su madre, no sufría? ¿Acaso no estaba destrozada por dentro y por fuera, con el cuerpo lleno de heridas y magulladuras, además de llevar un collarín y tener una pierna escayolada? ¿Quién había pasado noches enteras en la sala de espera de la unidad de cuidados intensivos? ¿Quién apenas se había movido de la habitación en los cinco meses subsiguientes al coma?
Al principio, cuando Belén empezó a recuperarse, Clara temió que su exmarido le arrebatara la custodia de la niña, advertencia con la que la atormentaba un día tras otro. Tardó en comprender que Carlos jamás cumpliría sus amenazas. Nunca podría convivir con una niña parapléjica, nunca se la impondría a su flamante nueva esposa. ¡No había tenido ningún reparo en organizar una boda por todo lo alto aun teniendo a su hija postrada en un hospital! Ajeno a lo que de su propia actitud se infería, él continuaba inmerso en su campaña contra Clara, minando su autoestima, vertiendo en su alma el veneno del remordimiento. Ella era la única culpable de la tragedia que vivía la niña, y jamás perdía ocasión de recordárselo. Algunas veces, por mucho que la psicóloga, su hermano y los amigos se enfadasen con ella, la tentaba la idea de hacer suya la máxima de su exmarido de que apenas valía para nada más que llevar la casa. Nunca volvería a ser la Clara activa, segura y emprendedora que fue antes del accidente. Nunca. Era tan difícil luchar contra los escollos que se interponían diariamente en su camino... Abatida, sintiéndose cada vez peor, se sentó sobre la mochila, ocultando la cara entre las manos enguantadas. Tenía que concentrarse y dar con una solución. No podía quedarse paralizada de aquel modo, esperando que cayera la noche.

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