miércoles, 30 de abril de 2014

Novedades, abril de 2014: Impedimenta


El fragor del día de Elizabeth Bowen

ISBN: 978-84-15130-37-6
Encuad: Rústica
Formato: 14 x 21 cm
Páginas: 352
PVP: 22,70 €

Elizabeth Bowen está considerada una de las mejores escritoras en lengua inglesa del siglo XX y la figura clave que pone en contacto la literatura de Virginia Woolf con la generación de escritoras de ideas de los sesenta y setenta (Murdoch, Spark o Byatt). El fragor del día (1948), inédita en castellano, es quizá una de las más vibrantes novelas sobre el Londres asediado por las bombas y la pobreza durante el Blitz.
Novela de personajes, de atmósferas, tremendamente vívida, narra la historia de Stella Rodney, que ha decidido no abandonar Londres cuando todos los demás se han marchado huyendo de una muerte posible. Para Stella, la sensación imperante de catástrofe se vuelve personal cuando descubre que el hombre a quien ama, Robert Kelway, es sospechoso de vender secretos a los alemanes y que el hombre que lo persigue, Harrison, quiere que sea ella quien pague el precio por su silencio. Atrapada entre dos corrientes, Stella ve su mundo derrumbarse.


La muchacha llevaba un abrigo de piel de camello, de imitación; con el frío del atardecer se había subido el cuello del abrigo y se tapaba las piernas cruzadas. Tenía una mano hundida en el bolsillo; la otra, que sujetaba el programa por una esquina sobre su regazo, tenía un nudillo lastimado; de vez en cuando frotaba el papel amarillo con las yemas del pulgar y el índice. Los zapatos blancos y marrones, bastante bonitos, habían caminado mucho y ya estaban deformados; en el empeine desnudo se le notaban las venas, y el abundante y ligero vello de sus piernas sin medias probaba que nunca se las había frotado con piedra pómez ni se las había afeitado. En su manera de sentarse, y en la medida en que su manera de sentarse dejaba entrever la figura de su cuerpo, había en ella una especie de vigor preadolescente, algo torpe aunque no exento de gracia. A primera vista, causaba la misma impresión que buena parte de las muchachas londinenses aquel verano, cuando la idealización de Rusia estaba en su punto álgido: un intento atropellado por dar el tipo de la camarada soviética. O, al menos, eso parecía ser lo que quería transmitir. Pero no había tenido mucho éxito, o no el suficiente; si no, ¿por qué había cruzado con él una mirada tan directa y al mismo tiempo tan insegura? ¿Y por qué se había sonrojado, con un rubor incómodo que se adivinaba bajo el moreno de sus mejillas? En algún momento su fortaleza había flaqueado. Al hablarle al principio, y al volver a hacerlo otra vez después, se había comprometido a ser algo que nunca había sido: ¿a qué límites de egolatría o de soledad había llegado en medio de aquella menguante luz musical? La egolatría era lo más probable: había querido encontrar la confianza para sí misma, no para todas las mujeres del mundo.
Se miraron durante unos instantes, cada uno a un lado de la silla que los separaba. Ella, en ese tiempo, tuvo delante a un hombre de unos treinta y ocho o treinta y nueve años, vestido con traje gris, camisa a rayas, corbata azul oscuro y sombrero marrón. El ensimismamiento de aquel hombre, que era lo que más le había atraído, había desaparecido, al igual que el ceño fruncido con el que invariablemente escuchaba la música; por el contrario, ahora mostraba una especie de pertinaz desconfianza, como si fuera una costumbre, que no le gustó. Aquel atractivo personal… ¿había sido solo un error derivado de su perfil? No, no del todo. Ahora que lo veía de frente, había otro rasgo curioso: uno de sus ojos estaba o se comportaba como si estuviera claramente un poco más arriba que el otro. Aquel desequilibrio o asimetría le dio la impresión de estar siendo observada dos veces: de estar siendo observada y escrutada al mismo tiempo. No podía verle la frente, y sus cejas permanecían ensombrecidas por el sombrero inclinado; tenía una nariz huesuda; llevaba uno de esos bigotitos mínimos y muy recortados. Y los labios —de los que había retirado el cigarrillo con un gesto de desprecio no muy elegante— indicaban claramente la intención de no añadir nada, si es que daba la casualidad de que se le obligaba a entablar conversación de nuevo. Era una cara con una verja; una cara que, en aquella media luz fotográfica, parecía cerrada y al mismo tiempo a la intemperie; una cara que, si bien no carecía de expresión, adolecía completa y absolutamente de falta de emoción… No sería suficiente decir que aquel rostro la desconcertó; ella bajó la mirada y echó un último vistazo a aquellos dos dedos manchados de nicotina que sostenían el cigarrillo.
—¿Nos hemos visto antes? —preguntó el hombre por fin, con el aire de haber estado pensando en ello un buen rato.
—¿Qué quiere decir?
—Me refiero… ¿no nos conocemos?
—No le he visto nunca —contestó ella—. Por supuesto que no sé quién es usted.
—Pues no hay más que hablar.
(Aun así, él no parecía seguro.)
—¿Qué pasa —agregó ella—, es usted alguien especial?
—Ja, ja…, no. No, lo lamento, pero no.
—Lo que sí sé es que nunca le había visto en el parque.
—No, habría sido imposible.
—¿Quiere decir que nunca viene por aquí? Por supuesto, a partir de ahora le reconocería. Nunca se me olvida una cara, ¿a usted?
—Puede ser —dijo, tras pensarlo.
—Será que, de tanto pensar, no se da cuenta de lo que le rodea. Tanta música y no se ha enterado usted ni de una nota.
—Vaya, ¿y por qué cree usted que me interesaría saber qué tocaban?
Lejos de ser sutil, su tono fue lo bastante desagradable como para acentuar la descortesía que deseaba transmitir. Y lo consiguió: ella sacó la mano del bolsillo para cruzarse de brazos, como si quisiera protegerse. De todos modos, presentía que cualquiera podía notar que temblaba tras aquella barricada; y el programa de mano, que ella soltó como si desvelara su debilidad, cayó revoloteando al suelo. Hundió la barbilla en el cuello de su abrigo, vuelto hacia arriba, y entonces no pudo evitar una queja:
—¡No hace más que ofenderme!
—¿A usted? —Él echó una ojeada a la orquesta, mientras reprimía un bostezo nervioso… ¿Por qué demonios tardaban tanto en empezar?
—Pero yo no puedo evitar decir lo que pienso; yo siempre digo la verdad. Porque yo…
—Oh, por favor…, baje la voz —dijo el hombre, haciendo un gesto de cansancio con la cabeza—. ¡Ya empiezan!
Y así era: tras unos instantes de tenso silencio, la música volvió a romper con un ligero arrebato. Los espectadores dejaron escapar el aire que habían contenido en sus pulmones y se acomodaron en sus sillas. La noche se había adueñado del teatro; los setos y la hierba pisada exhalaban un punzante perfume vespertino. Pronto empezarían a brillar los cigarrillos. En el escenario, los cuerpos de los músicos, amontonados, negros y casi inmóviles, parecían tener acopladas caras y manos fantasmales. Seguirían tocando hasta que se oyera cómo el reloj daba la hora en la lejanía; y en las filas de sillas que se iban vaciando la gente se preguntaba durante cuánto tiempo podrían seguir distinguiendo las partituras.
Louie Lewis —a quien nadie le preguntaría cómo se llamaba aquella noche— descruzó los brazos para embozarse de nuevo en su abrigo. Era incapaz de no añadir algo más a aquella extraña conversación; así que, inclinándose hacia delante, dijo sombríamente, sotto voce:
—¿Va a pensar un poco más?

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