lunes, 28 de abril de 2014

Novedades, abril de 2014: Tusquets Editores



La línea invisible del horizonte de Joaquín Berges

NARRATIVA (F). Novela
Abril 2014
Andanzas CA 830
ISBN: 978-84-8383-861-7
País edición: España
296 pág.
17,31 € (IVA no incluido)

Huyendo de algo que no quiere confesar, Javier, un neurólogo maduro, viaja en coche rumbo a las montañas cuando, en la oscuridad de la noche, atropella a un jabalí que le destroza parte del vehículo. El accidente le obliga a quedarse varios días en Sinia, un pueblo levantado junto a un pantano en el Pirineo aragonés.
De manera inesperada, los vecinos le implicarán en un torneo de cartas y le brindarán su ayuda, especialmente Marina, una mujer enérgica y atractiva que le ofrece además alojamiento en su casa. Javier no tarda en descubrir que, como otros en el lugar, ella arrastra una historia secreta que ocurrió en el pueblo antiguo, sumergido bajo las aguas del embalse. Los nueve días que pasa en las montañas, entre personajes que han rehecho sus vidas, y con los que vivirá la emoción de la naturaleza y la intriga de las relaciones humanas, servirán para que Javier se enfrente a sus propios miedos y comprenda los de los demás. Y serán las aguas del pantano, reflejadas en el cielo, las que se conviertan en su horizonte invisible.


Abro la puerta y me apeo. Desmonto. Doy dos pasos hacia delante y miro donde iluminan los ojos del animal. Una nube de vapor de agua asciende al cielo desde el asfalto de la carretera, tan negro como la noche. Me doy la vuelta. Detrás del vehículo vislumbro un cuerpo cubierto de pelambre, tendido a un lado de la carretera, casi en el arcén, inmóvil. Deduzco que lo he golpeado primero y atropellado después. El cuerpo rojea entre la pelambre, no sé si porque sangra o porque refleja la luz de los pilotos traseros del coche. Suspiro con fuerza, casi con violencia. Estoy tratando de reunir el valor necesario para acercarme a ese reflejo y tocar el cuerpo. Lo hago con el pie derecho. Primero suavemente, como si quisiera despertarlo, luego dejando que mi peso caiga sobre él, una vez que doy por hecho que no va a despertarse. Me agacho. Las pupilas de mis ojos se han abierto a la oscuridad. Las suyas a la muerte.
Me tranquilizo y me preocupo a la vez. Me alivia comprobar que he atropellado a un animal cuadrúpedo y me aturdo pensando en la forma de proceder. Tengo que revisar los daños que pueda tener el vehículo, moverlo hasta el arcén, ponerme el chaleco reflectante y colocar las señales de advertencia en la carretera. Y llamar a algún número de emergencias. No estoy seguro de si me olvido de algo ni sé en qué orden debo acometer todas esas tareas. Ni falta que hace porque justo entonces unas luces y unas voces me alumbran y reclaman desde el otro lado de la carretera. Tengo el teléfono móvil en la mano. Tal vez ya he llamado a alguien sin darme cuenta.
—¿Qué ha pasado?
—¿Se encuentra bien?
—Sebastián, ponte en la curva con el farol y avísanos si viene alguien.
Los dueños de las voces me rodean. No sé de dónde han salido. No tienen aspecto de guardias civiles ni de policías, y además no he visto ningún vehículo deteniéndose cerca de donde me encuentro.
—¿Ha llamado al uno uno dos?
—Se ha reventado el radiador.
—Ha atropellado a un jabalí. Aquí. Mirad.
Son cuatro, más el del farol, cinco. En ese momento forman un cuadrado alrededor del animal muerto. Me sumo a ellos, un pentágono. A la luz de sus potentes linternas tengo la oportunidad de observar el hermoso ejemplar que acabo de matar.
—¿Ha llamado al uno uno dos o no?
—¿Se ha golpeado la cabeza?
—Llama tú, Rafael, que este hombre no se encuentra bien.
Los miro alternativamente sin saber qué decir. No sé si he llamado a algún número, ni creo que sea necesario hacerlo. La prueba es que tampoco a ellos los he llamado y aquí están. Lo único que sé es que mi vejiga no aguanta más.
—¿Adónde va? ¿Qué le pasa?
—Igual es extranjero y no nos entiende.
—Ve con él, Rafael.
Me aparto unos metros y orino con tantas ganas que casi pierdo el equilibrio. Me dan dos escalofríos y siento un alivio inmediato que manifiesto en forma de profundo suspiro. Detrás de mí está Rafael con su pequeña linterna de leds.
—Ya hemos llamado a emergencias —dice con una entonación ajena a la musicalidad regional de los demás—. No tardarán en llegar. A estas horas suelen estar tomando café en Aínsa.
Me rasco el mentón y abro las manos. Aun habiendo pasado buena parte de la mañana y media tarde rodeado de decenas de personas, no he pronunciado una sola palabra en todo el día y ahora me cuesta comenzar a hablar. Es la inercia del silencio, tan poderosa o más que la del discurso.
—Gracias —logro decir.

Regreso a la isla del tesoro de Andrew Motion

NARRATIVA (F). Novela
Abril 2014
Andanzas CA 831
ISBN: 978-84-8383-860-0
País edición: España
392 pág.
19,13 € (IVA no incluido)

Julio de 1802. En las marismas de la orilla oriental del Támesis se levanta la Hispaniola, la posada de Jim Hawkins y su hijo. El joven Jim pasa los días vagando por el brumoso estuario, haciendo recados para su padre y escuchando sus relatos: historias de aventuras en alta mar, de maldiciones, venganzas y tesoros enterrados… y de un hombre con una pata de palo. Una noche, llega por el río una misteriosa joven llamada Natty con una petición de su padre, el pirata John Silver «el Largo», para el joven Jim. Envejecido y débil, Silver quiere que Jim y Natty zarpen hacia la isla del tesoro en busca de los «hermosos lingotes de plata» que Silver y el padre de Jim dejaron allí muchos años antes. Ya se ha fletado un barco y contratado una curtida tripulación; su capitán sólo espera el mapa, guardado bajo llave en la Hispaniola. Jim y Natty parten, y su vacilante amistad va estrechándose día tras día. Pero la emoción tras los avatares del viaje deja paso al terror cuando descubren que la isla no está tan deshabitada como en el pasado.


Cuando el sol y la brisa, combinados con un adormecedor aroma procedente de las orillas cenagosas cada vez más despejadas, casi me habían empujado suavemente de vuelta al sueño, se cumplió mi deseo. Una enorme y curiosa avispa (o jaspe, como el mineral, que así las llamábamos en el estuario) se cernió con cautela sobre mi jarra, luego se posó en el borde y seguidamente se sumergió en sus profundidades con un tímido movimiento circular hasta que casi rozó el néctar que yo había depositado al fondo. En ese momento, tapé con la mano la boca de la jarra y agité el contenido vigorosamente para desatar una especie de maremoto.
Tras prolongar la turbulencia durante un momento, como un tirano que aterrorizara a uno de sus súbditos, aparté la mano y vertí el líquido con cuidado sobre la superficie del banco, a mi lado. La avispa estaba ahora medio ahogada y medio borracha: incapaz de mover las patitas, estremecía las alas débilmente. Ése era el estado de incapacidad que buscaba, porque me permitió hurgar en el bolsillo, sacar el trozo de algodón rojo brillante que llevaba y atarlo a la cintura de mi prisionera. Lo hice con suma cautela para no convertirme en verdugo por un descuido.
Después seguí sentado al sol el rato que la avispa tardó en recuperar los sentidos y la capacidad de volar. Yo había confiado en que la brisa aceleraría el proceso, pero cuando oí a mi padre trasteando por su habitación encima de mí, añadí mi propio aliento al secado: no quería ni un segundo de conversación con él porque sabía que eso me llevaría a recibir más órdenes para que fuera a recoger esto o a llevar lo otro. Pero no tendría que haberme preocupado. En el mismo instante en que oí que los postigos de arriba se plegaban y me imaginaba ya a mi padre tensando los hombros para gritarme algo, Doña Avispa se tambaleó y se cayó del banco.
Apenas pudo levantar un vuelo bajo y torpe, que, aun así, temí que le permitiera cruzar el río, en cuyo caso la habría perdido. Pero pronto descubrió su brújula y partió hacia las marismas, felicitándose a sí misma sin duda por tan milagrosa salvación y cobrando poco a poco altura. Corrí deprisa tras ella, manteniendo la mirada fija en el algodón de color vivo que la hacía visible, tranquilizado al comprobar que al insecto no parecía suponerle ninguna molestia. Cuando dejamos atrás mi casa y el río, pasamos por delante de las cabañas donde mi padre guardaba sus toneles y el huerto donde crecían los manzanos de los que obteníamos sidra, y llegamos al campo.
A alguien de fuera, las marismas no le habrían parecido más que campos yermos, un lodazal atravesado de tantos arroyos que convergían hacia el Támesis que desde arriba habría asemejado el vidriado de una olla de loza. Todo era del mismo color verde matizado: azul verdoso o marrón verdoso. No había árboles, sólo unos pocos troncos desnudos que el viento había retorcido dándoles formas agónicas; tampoco flores que pudiera reconocer como tales ningún caballero ni dama.
Para mí aquel lugar era un paraíso, del que conocía sus ritmos y todos sus rincones. Me deleitaba con sus altos cielos y la amplia perspectiva que permitía ver de antemano el tiempo que se avecinaba. Amaba la miríada de diferentes tipos de hierbas y pastos. Llevaba un registro de cada especie de ganso y de pato que aparecía en primavera y se marchaba en otoño. Me gustaba sobre todo la abundancia de pájaros ingleses —chochines y pardillos, pinzones y tordos, mirlos y estorninos, frailecillos y cernícalos—, que se quedaban aunque cambiaran las estaciones. Cuando subía la marea y los arroyos rebosaban de agua, la tierra se volvía demasiado esponjosa para que pudiera caminar por ella y me sentía como Adán expulsado de su jardín. Cuando bajaba la marea y la tierra recuperaba algo parecido a la solidez, se satisfacían todos mis anhelos.
Para mí no había mayor placer que deambular por allí, algo que no podía hacer ese día concreto, en el que mi cautiva me llevaba tras ella. Mientras la avispa volaba en línea recta, yo me veía obligado a dar bandazos y cambiar de rumbo, cruzar a un lado y volver atrás, saltar y virar, para mantenerme al paso de su vuelo. Y, como era un experto en eso y me conocía a fondo el lugar, la tenía claramente a la vista cuando llegó a su destino. Éste era uno de los árboles raquíticos que he mencionado, un fresno que crecía en una zona remota de la marisma, combado por las tormentas hasta que adquirió la forma de la letra «c». En cuanto apareció ante mi vista esa curiosidad supe que mi amiga se dirigía hacia allí; incluso a cincuenta metros ya veía el nido que colgaba oscilando como una joya de una oreja.
Una joya, claro, de bisutería, confeccionada con pasta o papel moldeados en un largo óvalo. Porque así es como las avispas construyen sus nidos, masticando diminutos trozos de madera que mezclan con su saliva hasta formar un cono; dentro del cono protegen su colmena, sobre todo a su reina, que pone huevos en todos los niveles de su interior. Es extraordinario: unas criaturas que a los humanos les parecen confusas, que siempre andan zumbando en todas direcciones, o en ninguna, son en realidad muy organizadas y disciplinadas. Cada individuo tiene un papel que desempeñar en la creación de su sociedad y lo realiza por instinto.

La insuportable lleugeresa de l'ésser de Milan Kundera

NARRATIVA (F). Novela
Abril 2014
L UV 53
ISBN: 978-84-8383-864-8
País edición: España
312 pág.
18,27 € (IVA no incluido)

Aquesta novel·la narra una extraordinària història d'amor, és a dir, de gelosia i sexe, de traïcions i mort, i també parla de les debilitats i paradoxes que marquen la vida de dues parelles, la formada per la Tereza i en Tomas, i la d’en Franz i la seva amant, la Sabina, els destins dels quals s’entrellacen irremeiablement. En aquesta obra ja clàssica, el lector penetra en la trama d’actes i pensaments que l’autor teixeix amb diabòlica saviesa entorn dels seus personatges. I, de manera magistral, el que sembla simple anècdota –la gelosia de la Tereza cap a en Tomas, el tossut amor d’aquest per ella malgrat el seu irrefrenable desig d’altres dones, l’idealisme líric d’en Franz, amant de la Sabina, i la necessitat d’aquesta última, amant també d’en Tomas, de perseguir una llibertat que tan sols la condueix a la insuportable lleugeresa de l’ésser– es converteix en una reflexió sobre els problemes filosòfics que ens afecten a cada un de nosaltres, cada dia.


Però un dia, durant una pausa entre dues operacions, una infermera va avisar-lo que el demanaven al telèfon. Va sentir la veu de la Tereza a l’auricular. Li trucava de l’estació. Se’n va alegrar. Per desgràcia, aquell vespre estava ocupat, i no la va convidar a casa seva fins l’endemà. De seguida que va haver penjat, es va retreure de no haver-li dit que hi anés de seguida. ¡Encara tenia temps de cancel·lar la cita! Es preguntava què hi faria, la Tereza, a Praga, durant les llargues trenta-sis hores que faltaven fins a la seva trobada i tenia ganes d’agafar el cotxe i sortir-la a buscar pels carrers de la ciutat.
Va arribar l’endemà al vespre. Duia un bolso en bandolera penjat d’una corretja llarga; la va trobar més elegant que l’última vegada. Duia un llibre gruixut a la mà; Anna Karènina de Tolstoi. Es comportava de manera alegre, fins i tot una mica exagerada, i s’esforçava a mostrar-li que havia vingut ben bé per casualitat, a causa d’una circumstància concreta: era a Praga per motius professionals, potser (els seus comentaris eren molt vagues) buscant una nova feina.
Després es van trobar estirats frec a frec, nus i esgotats al sofà. Ja es feia de nit. Li va preguntar on s’estava, la volia acompañar amb cotxe. Va respondre una mica incòmoda que es buscaría un hotel i que havia deixat la maleta a la consigna.
El dia abans encara tenia por que no vingués a oferir-li tota la seva vida si la convidava a casa seva a Praga. Ara, quan la sentía anunciar-li que tenia la maleta a la consigna, es va dir que havia posat la seva vida en aquella maleta i que l’havia deixat a l’estació abans d’oferir-l’hi.
Va pujar amb ella al cotxe aparcat davant l’edifici, va anar a l’estació, va retirar la maleta (era grossa i molt i molt feixuga) i la va portar a casa seva amb la Tereza.
¿Com és que es va decidir tan de pressa, quan havia dubtat durant una quinzena de dies i ni tan sols li havia enviat una postal?
Ell mateix n’estava sorprès. Actuava contra els seus principis. Ara feia deu anys, quan s’havia divorciat de la seva primera dona, havia viscut el divorci en un ambient de gatzara, com d’altres celebren la seva boda. Llavors havia comprès que no havia nascut per viure al costat d’una dona, fos qui fos, i que només podia ser ell mateix mantenint-se solter. Per això s’esforçava al màxim d’arreglar el sistema de la seva vida de manera que mai una dona no es pogués instal·lar a casa seva amb una maleta. Per això només tenia un sofà. Encara que fos un sofà prou ample, afirmava a les seves companyes que era incapaç d’adormirse al costat d’algú altre en un llit compartit i a totes les portava a casa després de mitjanit. Fins la primera vegada, quan la Tereza es va quedar a casa seva amb la grip, no va dormir amb ella. Va passar la primera nit en una butaca grossa, i les nits se güents va anar a l’hospital, on tenia la consulta equipada amb una gandula que feia servir al torn de nit.

La ruta de Lisboa. Una ciudad franca en la Europa nazi de Ronald Weber

BIOGRAFÍAS, AUTOBIOGRAFÍAS Y MEMORIAS (NF). Memorias
Abril 2014
Tiempo de Memoria TM 101
ISBN: 978-84-8383-863-1
País edición: España
432 pág.
21,15 € (IVA no incluido)

Durante la segunda guerra mundial, la tranquila ciudad de Lisboa se convirtió en la última puerta de embarque para la libertad. En efecto, la capital portuguesa y sus alrededores no tardaron en ser considerados un oasis por los privilegiados que podían gozar de sus restaurantes, sus playas cercanas o el célebre casino de Estoril, pero también fueron una peligrosa ratonera para miles de refugiados que, huyendo del infierno nazi, trataban de poner rumbo a Estados Unidos o Inglaterra. En los años de la contienda, aprovechando la precaria neutralidad portuguesa, pulularon por Lisboa agentes secretos de ambos bandos (entre ellos, Ian Fleming), embajadores del Eje y de los Aliados, aristócratas como los incómodos duques de Windsor, estrellas cinematográficas, tropas de paso y gente corriente, arruinada tras una peligrosa evasión a través de la Francia ocupada y la España franquista.
La ruta de Liboa narra impresionantes historias en las que se mezclan el heroísmo y la mezquindad con el sufrimiento de cuantos vieron su vida destrozada por la guerra; expone la calculada ambigüedad con la que movieron sus fichas los dictadores Salazar y Franco a medida que avanzaba la contienda, y retrata las peripecias de actores como Leslie Howard, escritores como Koestler y Greene o el agente doble Juan Pujol, alias «Garbo», el espía barcelonés cuya actuación determinó en gran medida el curso final de la guerra. 


«Hoy Lisboa se encuentra una vez más en el umbral de grandes acontecimientos.»
Así empezaba un largo artículo que publicó la revista National Geographic en agosto de 1941. En un pasado ilustre, de la ciudad portuaria portuguesa situada en el extremo sudoccidental del Viejo Mundo habían zarpado aventureros que iban en busca de nuevas tierras y de un imperio mundial; ahora, en un periodo de prominencia nuevo y radicalmente opuesto, Lisboa era receptora de una gran avalancha de refugiados que huían del Viejo Mundo en guerra. La geografía y la neutralidad de Portugal habían llamado la atención internacional sobre la capital del país como última puerta de escape que seguía abierta en Europa para las víctimas del terror nazi.
Pero aquí había cierta ironía.
Los refugiados llegaban a Lisboa después de un viaje largo y a veces peligroso, pero se iban tan pronto como les era posible. Eran los nuevos aventureros, aunque por necesidad en vez de por decisión propia. Lisboa era todavía Europa; para casi todos los exiliados la ciudad era meramente un alto en su viaje a un lugar de asentamiento permanente en Gran Bretaña, América del Norte y América del Sur, África, Asia, el Caribe, cualquier sitio que no fuese Europa.
Dado que llegaban más rápidamente de lo que podían ser enviados a otra parte por vía marítima o aérea, en buques de carga que transportaban mercancías portuguesas a Gran Bretaña o Estados Unidos, o en pesqueros dispuestos a llevarlos —a cambio de una elevada suma de dinero— a través del estrecho de Gibraltar hasta el norte de África, los refugiados formaban en Lisboa un embotellamiento creciente de humanidad ansiosa. La ciudad los liberaba de la guerra, pero también los paraba en seco, sin más fronteras que cruzar, con sólo el mar abierto ante ellos y medios limitados de alcanzar la otra orilla. Esperaban durante semanas y meses, pululando en una tierra de nadie entre el pasado y el futuro. La ruta de Lisboa era el camino de la libertad, pero la espera antes de emprender el viaje final a un lugar seguro podía parecer un quiebro cruel del destino.
Y había más ironía.
Lisboa, durante la segunda guerra mundial, era una entrada en Europa además de una salida, una puerta giratoria que no tenía ninguna importancia para los refugiados que sólo querían escapar pero que era valiosísima para las potencias beligerantes. Como ciudad franca, Lisboa permitía la libre circulación de ciudadanos de ambos bandos —corresponsales, diplomáticos, hombres de negocios, mandos militares, agentes secretos, contrabandistas, prisioneros canjeados, ciudadanos corrientes—, así como de periódicos, revistas, películas, correspondencia y telegramas.
Y miembros de ambos bandos podían simplemente quedarse en la ciudad, saboreando los días soleados y las noches brillantemente iluminadas, la abundancia de alimentos y bebidas, los comercios bien surtidos y la posibilidad de ganar o perder una fortuna en el casino de juego de la cercana Estoril mientras se codeaban con el enemigo en un café o, no menos alarmante, jugaban una partida de dos contra dos en pulquérrimos campos de golf. Los recién llegados al aeropuerto de Sintra, a unos veinticuatro kilómetros de Lisboa, invariablemente se llevaban una sorpresa al ver el carácter multinacional del lugar en plena guerra. Cinco compañías aéreas prestaban servicio de pasajeros de Lisboa a Gran Bretaña, Alemania, Italia, España y el norte de África, compartían espacio para oficinas en la terminal y aparcaban sus aviones en las pistas, unos al lado de otros.
Pero, en vista del curso que seguía la guerra en Europa, con Alemania dominando Francia y capaz de presionar al régimen fascista de Francisco Franco en España, el inmenso vecino de Portugal en la península ibérica, cabía preguntarse si un país tan pequeño y débil podría mantener su neutralidad. ¿Exigirían los aliados que se permitiera a sus fuerzas armadas acceder al continente a través de Lisboa, o tal vez ocuparían las Azores y Cabo Verde, las estratégicas islas portuguesas del Atlántico, obligando en ambos casos a Alemania a añadir el país a la lista de sus víctimas? ¿Lograría Lisboa seguir siendo el único puerto de llegada y salida en la Europa ocupada?
El artículo de National Geographic tenía sus dudas. «Puede que antes de que se publiquen estas líneas», afirmaba al principio, «Portugal ya sea sólo un recuerdo y Lisboa, una ciudad fantasma de la segunda guerra mundial.» Y terminaba insistiendo en la posibilidad de que el país prácticamente indefenso, de unos seis millones de habitantes, no tardara en verse sometido a los nazis: «Es casi excesivo esperar que, tras devastar nueve décimas partes del continente, los perros de la guerra se detengan en la frontera portuguesa».

El pensador intruso. El espíritu interdisciplinario en el mapa del conocimiento de Jorge Wagensberg

CIENCIA (NF). Filosofía de la ciencia
Abril 2014
Metatemas MT 129
ISBN: 978-84-8383-862-4
País edición: España
320 pág.
18,27 € (IVA no incluido)

Este libro aspira a ser lo que bien podría llamarse una teoría de la interdisciplinariedad. En sus páginas, el físico Jorge Wagensberg desarrolla un meticuloso y fecundo análisis de los valores del pensamiento fronterizo y elabora un soberbio elogio del talante y el talento del pensador intruso, capaz de merodear por las disciplinas del saber en busca de similitudes y comparaciones insólitas, incluso de las contradicciones que alimentan habitualmente toda creatividad humana.
A través de numerosos ejemplos extraídos de la historia de la ciencia, del mundo del arte (la representación de la perspectiva oculta una historia milenaria) o de la vida cotidiana (un objeto mal diseñado puede arruinarnos el día), el autor muestra que el conocimiento nunca es, en el fondo, puro, y que ciencia (teoría), arte (práctica) e intuición (creencia) se estimulan mutuamente e hibridan sus objetos, métodos y lenguajes. No en vano, como sostiene Wagensberg, la infinita complejidad de la realidad siempre supera con creces los necesariamente estrechos planes de estudios que proponen academias, escuelas y universidades.
 

Sin lenguaje se puede pensar, pero no se puede comprender
La mente piensa. Más aún: a la mente le cuesta mucho dejar de producir pensamiento. Hay que concentrarse más para no pensar que, por ejemplo, para no respirar. La mente se apoya en un cerebro que dispone de unos ochenta y cinco mil millones de neuronas, lo que significa a su vez un número colosal de conexiones posibles. Esto da una idea del tamaño que puede llegar a alcanzar un pensamiento en bruto, es decir, un pensamiento con todos sus matices originales, un acontecimiento que aún no ha trascendido fuera de la mente dentro de la cual acaba de nacer. En el límite se necesita una cantidad de información prácticamente infinita para reproducir un pensamiento con una fidelidad perfecta. Por ello, en el límite todo pensamiento pertenece sólo a la mente que lo ha producido, o sea, es irrepetible en toda su plenitud para cualquier otra mente. Sólo el autor del pensamiento lo abraza de un plumazo en toda su integridad y presunta infinitud. El infinito del que hablamos aquí es un infinito práctico, como lo es el número de partidas de ajedrez diferentes que se pueden jugar (son del orden de 10120). En rigor el número es finito, pero en la práctica de las partidas que pueden llegar a jugarse antes de que la humanidad se extinga, podemos llamarle perfectamente infinito. Análogamente, a un poeta que escribe un sublime soneto es difícil convencerle de que su creatividad equivale a elegir un soneto entre los 10415 diferentes que son posibles.
Este volumen descomunal de información no impide, sin embargo, que los pensamientos se puedan comunicar. En efecto, los pensamientos pueden saltar de una mente a otra. Pueden, pero antes hay que convertir el pensamiento en moneda de conocimiento. El recorte es notable, nada menos que de una cantidad presuntamente infinita a otra necesariamente finita. Nos será útil ensayar algunas definiciones.
Conocimiento: es pensamiento simplificado, codificado y empaquetado listo para salir de la mente y capaz de atravesar la realidad para así tener alguna opción de tropezarse con otra mente que lo descodifique. Para pensar basta con una mente, para conocer se necesitan como mínimo dos, aunque ambas mentes, la emisora y la receptora, sean la misma mente. En el caso de que ambas coincidan la diferencia entre pensamiento y conocimiento está en que el pensamiento se mueve sólo por dentro (sin salir de la mente) mientras que el conocimiento se intercambia (se emite o se recibe) hacia o desde el exterior (entendiendo por exterior el resto de la realidad del mundo). La primera conclusión tiene un intenso contraste: mientras el pensamiento es un producto íntimo y presuntamente infinito, el conocimiento es un elaborado transmisible y necesariamente finito, enmarcado en el espacio y el tiempo. Una ecuación de la física empieza y acaba, una conjetura matemática ocupa un espacio determinado, una partitura tiene una primera nota y una última, una pintura está limitada en una superficie de dos dimensiones por un marco, una escultura cabe en un paralelepípedo de tres dimensiones, hay novelas de dos mil páginas y novelas de cien, pero todas empiezan con una palabra y acaban con otra.
Quien tiene o ha tenido una mascota en casa sabe perfectamente que un animal piensa porque, por ejemplo, lo ha visto agitarse en sueños. Los animales en general piensan, y quizá piensan mucho, pero conocen poco, quizás incluso muy poco. Los animales se comunican sin dificultad porque para ello no se necesita nada que deba llamarse lenguaje. Sin lenguaje se puede pensar pero no se puede conocer. Los animales tienen memoria, pero sólo pueden compartir en sus memorias aquello que han vivido simultáneamente en el espacio y el tiempo. No se puede transferir memoria de una mente a otra sin la ayuda de un lenguaje. Si, pongamos por caso, un chimpancé le da una colleja a su hermanito en ausencia de la madre de ambos, la víctima no tiene manera de reclamar justicia cuando la madre regresa. La escena se ha perdido irremediablemente para todo individuo que no la haya presenciado en vivo y en directo. Un chimpancé tiene cerebro suficiente para aprender, para combinar ciertos códigos sencillos (por ejemplo: pato como combinación de pájaro y agua) y una memoria notable, pero no tiene suficiente lenguaje para empaquetar pensamientos en conocimientos y para compartir experiencias que distan en el espacio y el tiempo si éstas no se han vivido conjuntamente. Ello impide que se puedan comparar dos experiencias distintas, lo que bloquea a su vez el hecho mismo de comprender. Comprender es buscar y encontrar lo común entre lo diferente, por lo que si no se puede comparar tampoco se puede comprender. Los animales se comunican entre sí, es cierto, pero lo que salta de una mente a otra es una señal, una alarma, un estado de ánimo, una amenaza... Se transmite una información, pero no conocimiento (pensamiento empaquetado).

Los príncipes valientes (MAXI) de Javier Pérez Andújar

NARRATIVA (F). Novela
Abril 2014
MAXI MAXI 42/1
ISBN: 978-84-8383-858-7
País edición: España
240 pág.
7,64 € (IVA no incluido)

En el horizonte se dibujan siempre las torres del tendido eléctrico, las chimeneas de la central térmica, el puente de la autopista y, sobre todo, el río, omnipresente, con su simbología y carga totémica. Pero lejos de ser los testigos de un tiempo inclemente, el de finales del franquismo, todos ellos configuran el escenario mitificado de las lecturas de la infancia. Hasta que el propio narrador descubra también su condición de clase, el compromiso político de sus mayores, y se proponga, a través de la escritura, que el heroísmo de los príncipes valientes no quede enterrado en la despedida de la infancia.
Dotada de una invisible estructura interna de recurrencias y asociaciones que avanzan imparables, Los príncipes valientes es una magnífica primera novela, original y envolvente, con un final conmovedor, en la que se configura una inesperada cosmogonía de personajes, objetos y escenarios que sólo la literatura, haciendo arqueología del presente, logra salvar del olvido.


«No quiero que se oiga ni el vuelo de una mosca», nos dice el maestro, y así nos hemos escondido en el sigilo del mundo y en el sigilo de la tarde y en el sigilo de un sol del siglo de oro, que se va poniendo tras el enrejado en nuestro colegio de Barcelona, o de al lado de Barcelona. Este silencio al que nuestro maestro compara con la calma de una balsa de aceite es el quedarse callada toda el aula y es el callarse general de toda la calle y es además un mutismo laborioso y es también el mutismo humilde de aquellos años. Cada cual repasa su libreta, y recorre como puede España en sus comarcas, y de esta manera yo voy llenando mi pupitre de geografía y de toponimia, y voy bañándome de lenguaje en los nombres fieles de los afluentes y en los nombres fieles de los ríos de los pueblos, y en los nombres sabidos de los ríos principales, y entonces las tardes del invierno y las geografías de los libros fundan su propia mitología, que es la de la literatura, y a uno sin darse cuenta empieza a hacérsele el oído a todo eso, y repite las palabras por el gusto de escucharlas como se escucha el rasgueo seguido de una guitarra, y así, con el lápiz recién afilado, pulso las consonantes y las vocales que hay en los sotos, oteros, cuencas, cárcavas, colinas, arroyos, barrancos, y empiezo a poner las palabras por delante de las cosas.
También aprendo en estos días que los del curso anterior, ésos sí que fueron de los buenos, y callados como una balsa de aceite, y de ese modo me doy cuenta de que siempre se llega tarde, o cuando menos siempre se llega después. Los de antes, aquéllos sí que fueron de los buenos, dice la gente, y a uno le viene a la cabeza el retrato de un hombre de los de antes, que es un hombre de campo, guerracivilizado, y ese retrato es la foto de una cara grande y enmarcada, colgada en mi habitación, que es también la de mi abuela. Y en la foto, tiene mi abuelo una chaqueta gris, y una camisa blanca, y el pelo negro.
Los de antes. Forjado en una creencia en la edad de oro, hubiese dado un brazo por ser de los de antes, pero entonces salgo a la calle y empiezo a cruzarme con gente sin un brazo, o sin una pierna, o sin un ojo, o sin nada, hombres de antes la mayoría, labradores, pastores, jornaleros, oficinistas, comerciantes que fueron perdiendo por el camino trozos de su cuerpo. Así estoy asumiendo que la calle es ahora una balsa de aceite donde flotan serenamente los vivos, los muertos y los mutilados.
Aprendo el nombre de cada uno de los ríos con su secreto o con su misterio, y veo que los ríos en su pasar por los pueblos tienen algo de viajante de comercio, pero también tienen otra cosa de alguien que huye, o que se retira derrotado, o que viaja sin voluntad y va de cabeza hacia el final.
Nuestro maestro nos explica que ha sido legionario en El Aaiún y en el Ifni, y le manda a un niño que se ponga en pie y lea, y al decir esto tiene su voz el temple milagroso de ordenarle a un muerto que se levante y ande. «Con voz alta y clara», exige el maestro y empezamos la lectura de la Narración de Arthur Gordon Pym, y desde el centro de la clase, que es el centro de la tierra, uno achica los ojos para distinguir el dibujo de la cubierta del libro, que tiene como un barco en un cielo verde y unos hielos esculpidos, y el relato se echa a discurrir igual que un río, y va pasando por nuestros oídos atentos, pero a ratos también los va sorteando, y se aleja el relato en meandros a través de los cristales, y llega hasta ese sol tardío que nunca acaba de ponerse, y vuelve a entrar el relato en la escuela, y pasa ahora junto a uno de nosotros, pero esquiva al del asiento de al lado, y a la espera de encontrarme de nuevo con el hilo de la narración, escribo entero en el cuaderno el nombre de Edgar Allan Poe, y lo contemplo y lo leo muy despacio, como si con ese esfuerzo fuese posible absorber en estas tres palabras su biografía completa y todos sus libros completos. La conducta de los pingüinos, y el esqueleto que sonríe, todo eso sale en este libro de Poe; pero no acabaré de encajar cada una de estas cosas en el relato, que se me convierte en una acumulación de fragmentos dispersos. En la lectura por entregas de las tardes de colegio leemos los libros como se leen los folletines, un fragmento cada cuando toca, un día a la semana, más o menos.
Todo es un ir tirando o un ir llegando. Sueño en mi pupitre con llegar al corazón de las palabras, con coger, por ejemplo, el tren que lleva a Almadén del Azogue, y mirar cara a cara a la producción de mercurio de esa comarca, que dicen que tiene la más rica del mundo, como nos dice el maestro que Almadén significa «la mina» en árabe. Voy a darme cuenta de que sin cambiar de idioma estoy hablando un poco en árabe, y otro poco en todas las lenguas, y se me ocurrirá que acaso cada idioma sea un esperanto. El maestro le manda a otro niño que siga con la lectura, y el muchacho se levanta y toma el libro y releva a su compañero.
Otra tarde, el maestro, que quiere que aprendamos España como quien aprende a sumar, trae su acordeón al colegio, se sienta abrazado a él y nos enseña canciones para memorizar la geografía, con estrofas que relacionan los ríos que van a dar al norte, al sur, al este, al oeste y a todos los sitios. «Aprended, niños queridos, a conocer vuestra patria...» Un día de lluvia, nos explicará nuestro maestro que la lluvia puede provocarse artificialmente arrojando a las nubes yoduro de plata, y yo, confundido por su silabeo de hombre del sur, voy a entender que es posible hacer llover con diez duros de plata, y me devanaré los sesos preguntándome a quién habrá que darle ese dinero.

Viaje con Clara por Alemania (MAXI) de Fernando Aramburu

NARRATIVA (F). Novela
Abril 2014
MAXI MAX 18/3
ISBN: 978-84-8383-857-0
País edición: España
464 pág.
9,57 € (IVA no incluido)

Clara, que ha recibido el encargo de escribir una guía personal de Alemania, convence a su pareja para tomarse un periodo sabático y viajar juntos por el norte del país. Para ella significa la oportunidad de rematar una obra inspirada. Para él, en cambio, un extranjero que lleva pocos años en el país, será ocasión de unas vacaciones placenteras, con el solo inconveniente de visitar museos... o librerías donde preguntar por el libro publicado de su mujer. Pero por más que el recorrido y las actividades estén organizados al germánico modo, enseguida surgen problemas: menores algunos, como las jaquecas de ella o sus crisis de inspiración, que obligan a Clara a quedarse en el hotel y a él a realizar el correspondiente reportaje; otros más graves, como la irrupción de la familia alemana, o de algunos amigos de un ecologismo radical, que proporcionarán al viaje sus momentos más hilarantes y más enternecedores. La clave, como ya ha descubierto el lector, es que estamos leyendo la crónica que él, que no es escritor, se ve obligado a redactar para recoger todo aquello que la guía de su mujer ha obviado. 


Tengo entendido que soy roncador. Ni lo afirmo ni lo niego puesto que carezco de la facultad de escucharme cuando estoy dormido. Clara es quien se encarga de ponerme casi todos los días al corriente de esta particularidad fisiológica de mi persona. A veces se desacuesta de mal temple por culpa de mis serenatas respiratorias. Yo le digo que si fueran evitables secundaría la idea de que me llevase a juicio. Otra solución consistiría en dormir en habitaciones separadas, pero no quiere. Dice que sola en la cama se siente desprotegida. Hasta donde me ha sido posible indagar, se trata de una aprensión que ella arrastra desde la infancia. Yo me acuerdo de que el roncar se practicaba mucho en mi familia. A mi padre, que en paz descanse, siendo yo niño lo oíamos serrar el aire por las noches a través de las paredes. Mi madre no tenía la misma potencia; pero a su modo sabía hacerle el contrapunto al marido, con el resultado de que jamás hubo, que yo recuerde, por la cuestión del dormir discordia entre ellos. El problema no radica, pues, como piensa Clara, en que uno ronque, sino en que el otro no lo haga. Porque si los dos roncaran ninguno habría de esperar desvelado el amanecer con las cejas hoscas, la boca llena de reproche y los ojos irritados por la insuficiencia de reposo, sino que habría dormido y descansado la pareja en paz ruidosa, pero en paz al fin. Estas reflexiones con que me entretengo a menudo prefiero no comunicárselas a Clara en espera de que los años la conviertan también a ella en roncadora y entonces las pueda apreciar y comprender.
Pero a lo que iba. El día previsto para el comienzo de nuestro viaje, por la mañana temprano, sonó el despertador. Busqué en la penumbra la suave, la caliente, la carnosa mejilla de Clara para besarla. Ella se dejó querer. Tan evidente condescendencia suscitó en mí una entre duda y confianza de que se hubiese despertado con cierta disposición sensual favorable a mis intereses, pero no. Aquella mansedumbre y dejadez de los miembros no eran señales de lo que yo en un primer momento había presumido, sino que estaban directamente impuestas por el cansancio. Clara me susurró al oído, en tono débil pero manifiestamente acusatorio, que yo había roncado; en concreto, que había roncado más que de costumbre. La culpa punzante avivó mis deseos de resarcirla. En tales circunstancias, el cumplimiento de una tarea doméstica como sucedáneo de castigo suele ser lo más adecuado. Sirve tanto para mostrar contrición como buena voluntad. Nunca falla. Clara descubrió hace tiempo esta característica no sé si psicológica o moral mía, y por eso, a veces, si la ofendo de obra o de palabra, en lugar de enzarzarse en una disputa conmigo, ahorra tiempo, molestias y enfados indicándome la manera más eficaz de que nos congraciemos. «Ratoncito», dice, «pela una docena de patatas.» Si por alguna razón no me asigna una tarea, entonces yo la elijo por mi cuenta, no importa cuál, ya que el efecto es siempre el mismo.
Con dicho propósito me levanté y me vestí aquel día. Clara permaneció en la cama. Estuve atento a la llegada del panadero ambulante mientras preparaba la mesa de la cocina para el desayuno. El panadero viene con su furgoneta desde Schortens. Hay panadería y tienda de comestibles en el pueblo; pero abren más tarde y nos quedan un poco lejos de casa. El panadero de Schortens anunció su presencia mediante los toques de un timbre que tiene instalado en su vehículo. El timbre emite un sonido discreto, de manera que quien quiera pan lo oiga y quien quiera seguir durmiendo, no. Yo quería unos panecillos y salí a la calle. Ya había amanecido. Caía un aguacero de espanto, envuelto en un rumor de agua rota al estrellarse contra el suelo. Al pie de las escaleras de la entrada se había formado un charco de grandes dimensiones. Imposible cruzarlo de un salto. Hube de volver para cambiarme las sandalias caseras por otro calzado. Fue entonces cuando, desde el dormitorio, me llegó la voz soñolienta de Clara preguntando qué tiempo hacía. Antes de responderle, alcé la vista al cielo encapotado. En otras circunstancias acaso me hubiese permitido un chiste sobre su teoría de los sueños premonitorios; pero aquel viaje que estábamos a punto de emprender era por demás importante para ella y me tomó de pronto una sacudida de lástima. Flotaba a ras del césped una neblina que en algunos lugares del jardín se confundía con las sombras de los arbustos, y aun se alargaba hasta las primeras ramas de nuestros dos manzanos. El aire olía a tierra húmeda y a musgo. Las plantas se veían ligeramente inclinadas, como abatidas y melancólicas por el peso de tanta lluvia. No soplaba, por fortuna, el viento, y ése era el único consuelo que yo podía aportarle a Clara. Con idea de retrasar tanto como fuera posible su disgusto, fingí no haber oído la pregunta. Anduve una veintena de pasos bajo la lluvia para que ella no me sintiera desde la cama abrir el paraguas. El panadero correspondió a mi saludo con una broma acerca del tiempo. Yo miraba las nubes como estudiando las posibilidades de que en cuestión de dos o tres minutos se produjese un milagro.
El milagro no se produjo. Sonaban truenos y llovía de manera torrencial cuando nos pusimos en camino poco después de las siete de la mañana. Era un lunes de julio. Yo ocupé asiento junto al volante conforme al acuerdo que teníamos hecho para que me encargara todos los días de la conducción a fin de que ella pudiese mientras tanto tomar notas para su libro. Los limpiaparabrisas parecían repetir en son de protesta, con su rápido vaivén: no, no, no... Pienso ahora como pensé entonces que los limpiaparabrisas expresaban con exactitud lo que tanto Clara como yo sentíamos en aquel preciso instante: no a los nubarrones, no al diluvio que estaba cayendo, no a los charcos en el asfalto, no y no. ¿Para qué interferir con comentarios superfluos en la certera elocuencia de los limpiaparabrisas? Íbamos, por consiguiente, los dos callados. Y ya teníamos a la vista los primeros edificios de Wilhelmshaven cuando se le ocurrió a Clara preguntar de manos a boca si antes de salir de casa me había acordado de apagar la cocina eléctrica. A lo cual no supe responder con total y absoluta seguridad, aunque yo pensaba que sí, que la debía de haber apagado, porque conociéndome como me conozco, le dije, no me podía imaginar que hubiese cometido la imprudencia de dejarla encendida. Me preguntó con el entrecejo fruncido qué tanto por cierto de seguridad abrigaba al respecto. ¿Cómo medir tal cosa? Insistió: «¿Cien, ochenta, sesenta por ciento?» Calculé por calcular que entre un ochenta y cinco y un noventa por cierto. Comprendí al instante el error de haberme dejado arrastrar a una respuesta, pero ya era tarde. Clara determinó que volviéramos a casa de inmediato. Volvimos. Mejor volver entonces, pensé, que más tarde, cuando estuviéramos a muchos kilómetros del pueblo. Como yo suponía, encontramos la cocina eléctrica apagada. Así y todo, aquel inútil regreso cobró un sentido reconfortante para Clara. Y es que mientras comprobábamos una vez más si habíamos desconectado los aparatos y cerrado bien las ventanas y dejado todo en orden dentro de la casa, paró de llover. Fue este un motivo de alegría para Clara, por más que el cielo continuaba cubierto de nubes negras y era previsible que en cualquier momento se desatara un nuevo chaparrón. Sea como fuere, ya no hacía falta conducir con los limpiaparabrisas en funcionamiento. Nada más enfilar la carretera principal del pueblo, Clara se volvió hacia mí para decirme en un tono de serenidad satisfecha: «¿No te dije ayer que mis sueños nunca se equivocan? ¿No te dije que no llovería el día de nuestra partida?» Yo tendré defectos en abundancia, pero sé guardar la boca cuando conviene. Eso es lo que hice en lugar de cometer la impertinencia de recordarle a Clara su pronóstico de la víspera. La cerrazón del cielo nos impedía distinguir en la masa compacta de nubes un cerco de claridad que sirviese para situar el sol, aquel sol maravilloso que, según había dicho ella, la obligaría a viajar con gafas oscuras. En un punto había desde luego que darle a Clara la razón: no llovía. Y de este modo, callándome lo que pensaba, preferí alegrarme con ella de que nuestra aventura hubiese comenzado con tan buenos auspicios.

Más allá del espejo (MAXI) de John Connolly

POLICIACOS (F). Otros
Abril 2014
MAXI MAX 7/11
ISBN: 978-84-8383-856-3
País edición: España
176 pág.
6,68 € (IVA no incluido)

Algo malsano flota todavía en el interior de la Casa Grady. En esa tenebrosa casa, perdida en las lindes de un denso bosque y de cuyas paredes cuelgan tal vez demasiados espejos, ocurrieron hechos atroces. Allí su dueño, John Grady, asesinó a varios niños tras secuestrarlos. Años después, el padre de una de las víctimas, que compró la casa para que nadie olvidara los crímenes cometidos en ella, tiene indicios de que una niña desconocida podría estar en peligro. Y acude a Charlie Parker para que evite una tragedia. El detective, que no duda en aceptar el caso, va en busca de todos los que conocieron a John Grady. Quizá logre así descubrir qué secretos oculta todavía la casa, aunque eso suponga atraerse la ira de esos seres espectrales que acuden siempre a la llamada del Mal.


La casa Grady no es fácil de encontrar. Está al pie de una tortuosa carretera rural que, como un reptil que se apartara del camino para arrastrarse hasta morir, se desvía de la Estatal 210 en dirección noroeste y avanza entre escarpados ribazos poblados de pinos y abetos, cada vez menos transitable a medida que el asfalto da paso al cemento agrietado, el cemento a la grava, la grava a la tierra, como si conspirase para disuadir a quienes llegaran a ver la casa de tejado azul a dos aguas que aguarda al final. E incluso allí surge un último obstáculo que los curiosos tendrán que vencer, ya que el desigual sendero que lleva hasta la puerta está asilvestrado, invadido por la maleza. Árboles caídos siguen donde en su día se desplomaron y forman ahora puentes naturales que aprovechan las plantas rastreras y las trepadoras, sumándose a ellas las zarzas y las ortigas para crear un torvo muro verde y marrón. Sólo los visitantes más tenaces lograrán superarlo abriéndose paso a través de la vegetación o salvando zanjas y peñascos, tropezando con raíces que apenas parecen prendidas al terreno, raíces de árboles a merced de cualquier tormenta, hasta la más ligera.
Aquellos que consigan pasar llegarán a un jardín de tierra gris y hierbajos malolientes, delimitado por el linde del bosque, que allí está formado por una hilera de árboles llamativamente uniforme a una distancia de seis o siete metros de la casa, de tal modo que se diría que la propia naturaleza se resiste a aproximarse. Es una sencilla construcción de dos plantas, con el piso superior coronado por una mansarda. Un porche la circunda por tres de sus lados, y en la fachada este un balancín torcido, en estado lastimoso, cuelga de una sola cuerda. Las hojas muertas, abarquilladas como restos de insectos, se amontonan contra ventanas y puertas. Enterrado entre ellas asoma el cascarón momificado de una carriza, su cuerpo aplastado y sus plumas tan frágiles como un pergamino antiguo.
Hace ya tiempo que las ventanas de la casa Grady se tapiaron con tablones y las entradas delantera y posterior se reforzaron mediante puertas de acero. Nadie ha ocasionado desperfectos, porque incluso los gamberros más osados se abstienen de acceder a ella. Algunos se acercan a mirar y a tomar una cerveza a su sombra, como si desafiaran a los demonios de la casa a arremeter contra ellos; pero, como niños pequeños incitando a un león a través de los barrotes de la jaula, son valientes siempre y cuando se interponga una barrera entre ellos y la presencia oculta en la casa Grady.
Pues allí hay una presencia. Acaso no tenga nombre, o ni siquiera forma, pero existe. Se compone de sufrimiento, de dolor y de desesperanza. Está en el polvo del suelo y en el papel desvaído que se desprende lentamente de las paredes. Está en las manchas del fregadero y en la ceniza del último fuego. Está en la humedad del techo y en la sangre del entarimado. Está en todo, y todo forma parte de ella.
Y está a la espera.

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